20 noviembre 2006

La situación cubana (I)

Es muy común en estos tiempos que corren realizar análisis sobre la situación de Cuba que no responden a criterios realistas, y sí a una propaganda interesada.

Para empezar se suele realizar (desde gobiernos o medios de comunicación) fuertes críticas a la dictadura de Fidel Castro. Es obvio que en Cuba hay una dictadura, creo que eso no se puede poner en duda: la única duda es si está justificada o no. No tengo una opinión estricta al respecto; al contrario, me asaltan dudas sobre la conveniencia de un régimen democrático en Cuba. Es obvio que es cuanto menos peligroso que un pequeño país en guerra con la mayor superpotencia que ha conocido jamás el ser humano se permita el lujo de establecer ciertas condiciones democráticas.

El ejemplo lo tenemos en Nicaragua: tras la revolución sandinista de 1979, el gobierno de Daniel Ortega nacionalizó la banca, realizó una necesaria reforma agraria y llevó a cabo una política de economía mixta. Estados Unidos (principal valedor del antiguo dictador nicaragüese, Anastasio Somoza) puso en la diana muy pronto (en 1981) al nuevo gobierno sandinista, financiando un ejército (la contra) reclutado entre las antiguas filas de la guardia de Somoza y que se distinguió por sus ataques terroristas contra la economía y la población nicaragüenses. El gobierno de Ortega no tuvo más remedio que instaurar el servicio militar obligatorio y destinar a la guerra los recursos económicos que en un principio eran destinados a fines sociales, como la lucha contra el analfabetismo o la sanidad. Tras diez años de ataques terroristas, Nicaragua quedó devastada moral y materialmente y se pudo acusar vilmente al gobierno de Ortega de haber sumido al país en el desastre. No es extraño que, en tales condiciones, las elecciones de 1990 las ganase la señora Violeta Chamorro (candidata apoyada por EE UU) con la promesa de restaurar la paz en el país: ella sabía perfectamente que en cuanto EE UU se saliese con la suya, cesarían los ataques terroristas, lo que evidencia la curiosa concepción de la democracia que tiene el gobierno norteamericano.

El caso es que el gobierno sandinista mantuvo el sistema democrático y, exceptuando momentos puntuales y justificados en que decretó el estado de emergencia, permitió siempre elecciones libres y libertad de expresión total y absoluta. Tanto es así que el principal periódico de la oposición, La Prensa, pudo en todo momento alinearse explícitamente con los mercenarios de la contra sin ser censurado jamás por parte del gobierno. El hecho de que un país sometido a ataques armados constantes tolere que un periódico se alinee con la superpotencia atacante y propague la propaganda de ésta, creo que es único en la historia de la humanidad.

¿Pero cuáles fueron los resultados de esa permisividad? Estados Unidos pudo así realizar su particular chantaje político y presionar a la ciudadanía nicaragüense para que votase a su candidato particular, que acabaría con la guerra y, de paso, restablecería un sistema económico al gusto de Washington. Tras 16 años de aplicación del modelo neoliberal en Nicaragüa, las cifras son espantosas: el 80% de la población en el umbral de la pobreza, según datos del diario español El Mundo. Poco o nada permanece de aquellos primeros y asombrosos avances que lograron los sandinistas, reduciendo el analfebetismo del 50% a tan sólo el 13% o disminuyendo significativamente la tasa de mortalidad infantil.

La diferencia de Cuba con Nicaragua son evidentes: 47 años después de la revolución, y pese al embargo económico que sufre la isla, aún permanecen aquellos logros en materia social, educacional y sanitaria que se alcanzaron en Cuba. Y ello porque la dictadura castrista no ha permitido la infiltración o el chantaje de los EE UU.

La democracia es sin duda uno de los mejores inventos de la humanidad, y debería ser la meta política que guíe a este planeta. Sin embargo, existen determinadas circunstancias históricas, absolutamente excepcionales, que desaconsejan la práctica democrática o la libertad de expresión absoluta.

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